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| foto SMCE |
A veces las mejores cosas de un viaje no están en la guía.
Me encontraba bajando por una de esas callejuelas empinadas del centro de Siena, sin rumbo fijo, solo siguiendo el olor a café y a pan recién horneado, cuando de pronto apareció este túnel de piedra que parecía sacado de otra época.
La luz entraba justo por el arco del fondo, iluminando a un grupo de niños que subían corriendo (seguro que huyendo de sus madres después del colegio) y a un par de señoras mayores sentadas en la terraza de siempre, charlando como si el tiempo no pasara. El blanco y negro de la foto no fue algo premeditado: simplemente el móvil lo eligió por mí y, la verdad, creo que acertó. Hace que todo parezca aún más de película italiana de los 60.
Este trocito de calle está a dos pasos de la Piazza del Campo, pero aquí no hay turistas haciendo fotos al Palazzo Pubblico ni grupos con auriculares. Solo vida normal, de la de verdad: alguien regando una maceta, el ruido de una Vespa lejano, una mesa con restos de comida y una botella de Chianti a medio terminar.
Siena tiene esa magia: te da postales perfectas y, al doblar la siguiente esquina, te regala momentos así, pequeños, cotidianos y perfectos.

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